
Llegamos un día, cargados con maletas de inquietudes, ilusiones, esperanzas y tristezas; en una amalagama de sentimientos que por momentos queríamos ocultar en un chiste o un comentario sin mayor sentido para disfrazar el nerviosismo... Nuestro primer día en la ENCA.
- Esta es tu nueva casa-, me dijeron y yo pensé "como se atreven a profetizar, si aún falta el raleo" y más cuando el telegrama que recibió mi padre decía únicamente: "su hijo obtuvo beca provisional, preséntese a firmar contrato".
Pero en fin, llegamos; algunos sin conocer a nadie, reservados... otros más como grupos conocidos, comentando las ferias de los pueblos y "otras cosas" de la vida de estudiantes. Quien diría que iban a iniciarse amistades para toda una vida, entre "promos" principalmente.
Los campos estaban listos, las semillas preparadas para ser puestas en los surcos por las manos de los jóvenes que anhelaban ver crecer sus esperanzas... Inquietudes, la familia quedaba allá, a lo lejos, en el pueblo, junto a otras ilusiones. Y ahora tomando toda nuestra fuerza interior, nos enfrentábamos a un nuevo reto.
No habían celulares, ni asfalto, ni supermercado en los alrededores, solamente un teléfono monedero que al levantar el auricular se escuchaba una radio... Las tareas ocupaban gran parte de nuestro tiempo, en cultivos, hortalizas, flores y frutales y en ciertos días, las madrugadas para ordeño de las vacas; y al final de la semana, la esperanza de recibir una carta, o un mensaje o la oportunidad de visitar a quien queríamos, (si escapábamos de recibir los famosos diplomas de demérito que implicaban el quedarnos esos días trabajando).
Fueron los años de mayores ilusiones, que inicaron el día que llegamos a esta Escuela, en una etapa que dejaría una huella imborrable en nuestra vida. Nuestro primer día en la ENCA.
Rony Salazar
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